¡Abajo las armas! (Spanish Edition)

Bertha von Suttner descendía de una familia de l. a. más rancia aristocracia austriaca, que nunca l. a. aceptó. Rechazó casarse con los pretendientes que su madre le buscaba, prefiriendo trabajar y mantenerse por sí misma. Hablaba varios idiomas y poseía una sólida cultura, lo que le permitió trabajar como institutriz y como secretaria de Alfred Nobel. De hecho, a ella se debe los angeles existencia del Premio Nobel de los angeles Paz. Prolífica escritora, trabajó siempre junto a su marido. Pacifista convencida, fundó en 1891 los angeles Sociedad Autriaca de l. a. Paz.
" ¡Abajo las armas! " es l. a. biografía de ficción de una mujer a quien los angeles guerra le ha arrebatado dos maridos. Un relato naturalista de las campañas bélicas de 1859, 1864, 1866 y 1870/1871. Una implacable descripción de los horrores y odios, cuando no injusticias, que provocan los conflictos armados. Bertha von Suttner pone de relieve los angeles angustia de las mujeres cuyos maridos e hijos perdían l. a. vida o quedaban mutilados en el campo de batalla. Pero también cuestiona a una sociedad que considera virtudes positivas el coraje combativo y el orgullo de ser soldado; también a los Estados que periódicamente lanzan a los angeles Humanidad a un baño de sangre bajo pretextos como los angeles dignidad, el patriotismo o los angeles propia defensa.

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Y mis agonías... , el peligro...? —¿Peligro? �Bah! Va uno a los angeles guerra y vuelve vivo de ella: en mí tienes los angeles prueba. He participado en más de una campaña. Gracias a Dios me hirieron más de una vez. Pero estaba escrito que yo no muriese en los campos de batalla, y ya lo ves: no he muerto. �El viejo fatalismo! El mismo que presidió l. a. elección de l. a. carrera futura de Ruru, fatalismo que a mí misma se me imponía cual axioma de prudencia. —Si no saliera mi regimiento... —empezó a decir Arno. —Ah, sí —interrumpí con júbilo—, ésa sería una esperanza.

Interrumpí con movimiento de mano: —Padre... , por want, déjame sola. Debió creer que sentía los angeles necesidad de llorar, y como las escenas de ternura le eran más bien detestables, accedió a mi deseo y se fue. No lloré. Me parecía como si acabase de recibir un golpe ensordecedor en l. a. cabeza. Permanecí con los angeles mirada fija, los angeles respiración desigual y jadeante, inmóvil el cuerpo. Luego, me dirigí a mi escritorio, saqué los cuadernos rojos y escribí: Se ha pronunciado los angeles sentencia de muerte. Millares de hombres van a morir.

No, imposible! Cuando l. a. puerta se hubiera cerrado tras de sí rompería en sollozos. No, no puede ser. Me levanté. —Un momento, barón Tilling —dije—. Quisiera enseñarle l. a. fotografía de que antes le hablé. Me miró con estupefacción, porque entre nosotros nunca habíamos hablado de fotografía alguna. Me siguió al último extremo del salón, donde había algunos álbumes sobre l. a. mesa, y donde podíamos hablar sin ser oídos. Abrí uno de los álbumes y Tilling inclinó los angeles cabeza para mirar las fotografías. Mientras tanto, le hable en voz baja y temblorosa: —No consiento que se vaya usted así.

Ya has leído Jane Eyre? Deliciosa, �verdad? En cuanto Beatrix comience a soltar los angeles lengua, l. a. confiaré a una niñera inglesa... Con los angeles francesa de Xaver no estoy en absoluto satisfecha. No hace muchos días l. a. encontré en los angeles calle, cuando paseaba al niño, con un comisionista, que iba junto a ellos entablando una solícita conversación. �Si hubieses visto cómo se quedaron los dos al ver que me plantaba de improviso ante ellos! �Qué cruz más pesada son los criados!... Mi doncella se despide de mi casa porque va a casarse...

Criatura débil, incapaz de prestar el socorro más insignificante! El pensamiento de Friedrich reanimó mis escasas energías. Aun cuando le encontrara en el estado en que había visto al desgraciado que agonizaba a mis pies, tratándose de él, lo soportaría todo, le estrecharía entre mis brazos, le besaría y mi amor enmudecería mi repulsión, mi espanto... Cruzó mi cerebro una inspiration bad. �Sería Friedrich aquel desventurado? Hice acopio de todo mi valor. Miré. No, no period él. Pasó al fin, lenta, eterna, aquella hora de mortal espera.

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